Cuando yo era niño, solía ir de compras a una humilde tienda de abarrotes llamada “El Crisol”. Era atendida, en aquel entonces, por un par de ancianas amargadas que se burlaban constantemente de mi tono agudo de voz, se enojaban cuando no encontraba el detergente entre los desordenados estantes, o si me tardaba demasiado al escoger la marca de frituras que compraría aquel día. No disfrutaba comprar en El Crisol, pero al mismo tiempo, fue de los primeros lugares a los cuales yo podía ir por mi cuenta, sin ser acompañado. En los veinte metros existentes entre mi casa y El Crisol yo era un ser humano independiente, cualquier situación que se diese: una jauría de perros agresiva, un extraño ebrio diciendo malas palabras, gente acelerando horriblemente el carro cerca de la banqueta, eran todas cosas a las que yo debía enfrentarme solo, y eso, hasta cierto punto, me hacía sentir bien.
Hace poco tuve la dicha de pasar una noche con un amigo muy querido, del cual no había sabido mucho desde nuestra graduación de la preparatoria. De camino a mi casa, yo dije, bromeando, que toda nuestra realidad actual era un mero sueño, en cualquier momento el habría de despertar y se daría cuenta de que seguíamos en cuarto semestre de preparatoria, copiando la tarea de matemáticas. Aquí debo aclarar que nuestro tiempo en la educación media superior no fue precisamente placentero, algunos maestros eran analfabetas funcionales y/o sociópatas, defectos que siempre he tenido presentes desde que me gradué, y no obstante, al recordar esta etapa de mi vida, esos males se tornan más débiles y los momentos felices retoman la fuerza. Tal es el poder cegador de la nostalgia, pero al mismo tiempo puede fungir como una especie de defensa y proceso de revaloración de los recuerdos, de tal modo que las memorias que previamente hallábamos inútiles, ahora nos parecen poco menos que un ideal.
Cuando cumplí catorce años, las ancianas que atendían la tienda la dejaron en manos de un par de hombres que parecían ex reclusos de alguna penitenciaría, quienes irónicamente me trataban de un modo infinitamente que las viejas agrias. No obstante, pareciera que la administración no fue la óptima, puesto que al año, la tienda cerró, y nunca más supe de aquel par de hombres con mal aspecto.
Ahora bien, ¿Es la nostalgia un mecanismo que cumple una función humana, o una mera patología?, sus connotaciones originales eran las de una enfermedad, como el famoso homesick (añoranza del hogar), o el Fernweh alemán (añoranza por lugares lejanos), pero ambos términos abarcan una necesidad espacial, mientras que la nostalgia es inherentemente temporal, con un modus operandi de idealización más similar al de la utopía en algunos casos, ¿Podemos pues achacarle las mismas implicaciones del pensamiento utópico?
A los pocos meses, El Crisol abrió sus puertas una vez más, ahora para ser atendida por una adorable pareja de esposos con un trato muy sociable. La tienda habría de ser remodelada varias veces, la variedad de artículos aumentaría, y así se habría de conservar varios años. Pero un día, de manera repentina, la tienda cerró por lo que los habitantes de la colonia asumimos que sería una semana. Nos equivocamos.
No recuerdo que fue lo último que compre del Crisol, probablemente fue un paquete de pasta, algo de frijol, tortillas o una lata de salsa. Estos eran los productos que más compraba, pero bien pudo haber sido otra cosa insignificante. Ahora hago casi todas mis compras en tiendas OXXO, o supermercados, y creo que hemos estado ahorrando más dinero desde entonces.
Un año después del cierre de la tienda, un grupo de drogadictos decidieron residir en el local desocupado. Al poco tiempo, por motivos que no termino por entender, los vagos decidieron quemar el lugar. El incendio fue sofocado antes de que afectara a las casa aledañas, pero el daño fue irreparable, El Crisol, la tienda que tenía más años que yo viviendo en la colonia había sido devastada por el fuego.
Puedo concluir tres puntos respecto a las funciones de la nostalgia:
- Es la manera en la que los recuerdos menospreciados se hacen valer.
- Es un sitio de confort para cuando perdemos control del presente.
- Es una utopía temporal, si bien nunca llegaremos a ese momento donde las cosas sean mejores que en el pasado, la constante añoranza de lo bueno de las eras ya vividas por la humanidad, pueden ser un motor de cambio social que finalmente lleve a la prosperidad.
En el umbral de la tienda, un paso antes de la puerta, había una estela de monedas antiguas incrustadas en el concreto del piso. Desde niño siempre había pensado que si algún día demolían la tienda, yo habría de estar ahí para recoger aquellas preciosas monedas. Hace unos meses demolieron y removieron todos los escombros de lo que quedaba del Crisol. Nunca me acordé de investigar las monedas y estas se perdieron por siempre.
El Crisol antes del incendio
No sé que pretendo al intentar justificar mi nostalgia con algo tan material como una tienda de abarrotes “carera”, mis argumentos solo dan vueltas y no logro concretar nada, no sé siquiera a que viene todo este texto. Sólo sé que al destruir El Crisol uno de los últimos fragmentos de mi infancia desapareció, y el sentimiento de desorientación que le siguió me hizo buscar refugio en algo tan meloso como lo es la nostalgia.
Lo que quedó

